Un día vegetariano en Madrid

Que difícil es comer fuera de tu zona de confort cuando casi todos los platos que ves en el menú contienen algo de carne en prácticamente su totalidad de platos.

Ser vegetariano o vegano en estos tiempos es más fácil y a la vez igual de complicado que hace una década. Con el crecimiento de la concienciación, sobre todo por parte de la generación milenial, en lo referente a la comida de origen animal, los derechos de los mismos y el sentimiento de responsabilidad de una cultura del sufrimiento para animales y medio ambiente, el número de veganos y vegetarianos ha llegado a dispararse.

En España, el auge de comida vegana y vegetariana ha llegado a un pico importante pero, a la vez, sigue siendo muy pobre. Aún ahora hay muchos locales cárnicos que han añadido platos veganos a sus menús para atraer a todo tipo de clientela pero, el trasfondo es el mismo: dar dinero a un negocio que comercia con animales.

Un pequeño descubrimiento

Este mes de julio visité Madrid a causa de uno de los festivales de música heavy y rock más conocidos internacionalmente: el Download. Dentro del mismo recinto del concierto las opciones de comida eran tan variadas como desmesuradamente caras, por lo que el grupo con el que compartí la experiencia y yo decidimos que lo más sensato era comer de fuera todo lo posible.

Puerta del Sol, Madrid.

El problema, sin embargo, era el mismo: dónde comer un grupo de tres chicas y un chico vegetarianos. Tras una búsqueda exhaustiva en las redes y aceptar sugerencias de personas locales y antiguos visitantes de la capital nos marcamos un recorrido para el primer día, previo a los conciertos, y nos tiramos a la piscina a probar restaurantes que no conocíamos de nada.

Un japonés que salva paladares

En pleno julio, en Madrid, lo último que esperas comer es una sopa caliente. Bien, nosotros fuimos directos a un restaurante de ramen –sopa tradicional japonesa con fideos, verduras y proteína– que nos habían recomendado hasta decir basta: Ramen Kagura.

Suspiramos tranquilos al ver la carta y encontrar un menú vegetariano compuesto de un entrante, bebida, plato principal y postre.

En este caso, como entrante, yo pedí un plato típico japonés: edamame. Son unas habas de soja hervidas y con sal, también conocidas como las pipas japonesas. El sabor es muy neutral aunque con unas gotas de salsa de soja llegan a ser una delicia.

Edamame, restaurante Kagura, Madrid.

Como plato principal vino el gran motivo de estar en ese local: el ramen. A pesar del calor y de estar en pleno verano, pedí un plato de ramen vegetariano con tofu, fideos, caldo de miso y leche de soja, bambú, alga nori, huevo, cebolla y maíz. No podía estar más bueno.

Ramen vegetariano, restaurante Kagura, Madrid.

Tiendas, tiendas y más tiendas

Después de meternos entre pecho y espalda semejantes platos y aunque el cuerpo nos pedía irnos a la habitación a dormir y digerir la comida, decidimos irnos a patear Madrid.

Recorrimos toda la zona céntrica, fuimos a buscar las pulseras que serían nuestras entradas para el festival al recinto de la Caja Mágica, hicimos la foto de rigor con el oso de Madrid y aprovechamos para comprar las pequeñas prendas que nos servirían de capricho al volver a casa.

Oso de Madrid, Madrid.

Una cena que deja sin palabras

Sobre las 9 de la noche, decidimos ir a cenar para poder volver a casa a una hora medianamente razonable ya que necesitábamos descansar antes del festival.

Para saciar nuestro apetito nocturno decidimos ir a una típica taberna madrileña pero, en su defecto, totalmente vegana: la taberna B13.

Carta taberna B13, Madrid.

Al ver la carta no podíamos ser más felices. Tras pedir una ración de patatas para ir abriendo estómago y una cerveza para cada uno, yo me acabé decantando por el tradicional bocadillo de calamares. No creo que nadie pueda ir a Madrid y no probar dicha delicia.

Bocadillo de calamares, taberna B13, Madrid.

En mi caso, los calamares no eran calamares y la mayonesa era veganesa –mayonesa sin huevo–. Independientemente de eso, el bocadillo fue una verdadera delicia.

Lo que más llegó a impactarme es la cantidad de personas veganas que hay en la capital. El local era pequeño pero ofrecía los platos para llevar. La cola de los pedidos llegaba hasta la calle y la lista de espera era de unos tres cuartos de hora para poder cenar allí mismo.

Nos fuimos a casa entre risas y comentarios, pero no pude dejar de sonreír al comprobar que, aunque a veces parezca una minoría, el territorio en el que vivo empieza a moverse para crear restaurantes alternativos adaptados a un mundo que, en mi opinión, aún tiene mucho que cambiar.

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