Trieste, la ciudad olvidada

El sol se pone en Trieste y, como si se tratara de una llamada silenciosa, la gente se acerca al Molo Audace para ver cómo, poco a poco, el Adriático ahoga la gran bola de fuego en sus aguas teñidas de rosa. El espectáculo, que tiene como testigo una de las plazas abiertas al mar más bellas de Europa, resulta siempre una grata sorpresa para los visitantes despistados que se encuentran en la ciudad. Aquellos que, sin muchas expectativas, se atrevieron a alejarse de los itinerarios comunes de la bota de Europa y que, ahora, apenas llegados de la estación y con la mochila todavía en la espalda, empiezan a comprender porque alguien les dijo alguna vez que Trieste era la menos italiana de todas las ciudades italianas.

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Piazza Unità, Trieste

Situada a pocos quilómetros de la frontera con Eslovenia y separada por dos horas de tren de Venecia, la ciudad que en su momento fue el puerto más importante del imperio austrohúngaro está, efectivamente, bien alejada de la imagen estereotipada que se tiene de Italia. Ni coliseos, ni edificios renacentistas, ni moda, ni mercados coloridos. Trieste fue el último de los territorios que se integró a la República Italiana, justo después de la Primera Guerra Mundial, y su fisonomía es más parecida a la de Viena que a la de cualquier ciudad de Italia. Sin embargo, es precisamente su convulso pasado geopolítico el que ha convertido Trieste en un crisol de las culturas italiana, eslava, germánica y judía que hoy es uno de los atractivos de la ciudad.

Vistas al mar desde la Piazza Unità

Superado el impacto inicial, el viajero puede empezar su visita de la ciudad desde la Piazza dell’Unità d’Italia, probablemente el lugar más impresionante de Trieste. Allí elegantes edificios de piedra blanca y estilo neobarroco contemplan a los pasantes maravillados por la belleza del espacio. A pocos pasos, se encuentra otra de las postales de la ciudad, el Gran Canale, una entrada de agua donde reposan pequeñas embarcaciones. Es en ese rincón donde probablemente se ve más reflejada la multiculturalidad de la urbe, ya que separadas por pocos metros conviven la arquitectura de la iglesia serbortodoxa con la de la iglesia de San Antonio y la de distintos palacios neoclásicos.

Cruzando uno de los puentes del canal algunos viajeros despistados puede que se sorprendan al encontrar una estatua de James Joyce. Y es que son muchos los que desconocen el fuerte vínculo que unió la ciudad con el escritor irlandés, que vivió largas temporadas en Trieste dónde se le guarda una gran estima. De hecho, Joyce no fue el único que encontró en ese rincón de Italia su musa. Se dice que la Bora, un violento viento muy característico de la zona, inspiró a autores como Rilke, Italo Svevo o Umberto Saba, estos dos últimos hijos de la ciudad.  Hablando de literatura, uno de los imperdibles de Trieste es el histórico Caffé San Marco. En este café literario se refugiaron muchos de los autores mencionados y, aún hoy, puede que los que decidan tomarse un café en el emblemático local tengan la suerte de encontrarse con Claudio Magris en la mesa del lado.

Gran Canale de Trieste

Además, a unos quince minutos en bus del centro de la ciudad, al final del paseo de Barcola donde los triestinos se tumban a tomar el sol apenas empieza el buen tiempo, se encuentra el Castillo de Miramare. La que fue la residencia del archiduque Maximiliano de Habsburgo, es hoy en día una de las grandes atracciones turísticas de la ciudad. Y es que no es para menos. Ubicado frente el mar y rodeado de unos jardines espectaculares, el palacio parece sacado de un cuento de hadas y la vista de la bahía de Trieste desde su torre será probablemente la guinda que hará que nuestro viajero termine de enamorarse definitivamente de esta ciudad olvidada.

Castillo de Miramare

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