Tres horas en Brujas, sin saber nada de Brujas

Después de una jornada frustrante en mi estadía en Bruselas, decidí que ir a Brujas por la tarde no era una mala opción. Total, Bélgica es un país pequeñísimo y en menos de una hora de tren llegaría a esta ciudad, sobre la cual todos hablan maravillas. Si bien no estaba dentro de mis planes de fin de semana, aproveché el descuento de los ferrocarriles para alejarme momentánea y físicamente de todo lo que no encontré en Bruselas. O para renovar las energías, si así se entiende mejor.

Después de largos minutos dando vueltas en la estación Bruxelles Central tratando de encontrar el andén correcto, me subí al tren a eso de las 16:00. Del viaje en sí no hay mucho que destacar, aparte del cómodo espacio que encontré en el vagón, con una mesa pequeña y cuatro sillas a mi total disposición. Aunque, sea donde sea, siempre hay una especie de romanticismo involucrado en el hecho de viajar en tren. Yo creo que por eso lo hice, también.

Apenas salí de la estación de trenes de Brujas, me sentí en Bangkok. Al parecer ese domingo era el día nacional de Tailandia, así que la comunidad local decidió organizar una gran feria gastronómica con muchas paradas, música en vivo y (obviamente) gran cantidades de cerveza Chang, para que fuese lo más local posible. Yo, en mi ignorancia respecto al lugar que estaba visitando, iba con la idea de toparme con casas de chocolate, fuentes públicas de cerveza artesanal y gofres con piernas caminando por la calle, así que esta primera impresión fue bastante inesperada. Me puse a caminar.

Y paré dos o tres pasos después. Cruzando un puente vi una de las clásicas postales de la ciudad: el canal principal que cruza sinuosamente la ciudad, acompañado de árboles y césped en ambas riberas, con familias y parejas tendidos encima de un pareo comiendo el picnic dominical. Me dio la impresión de que las preocupaciones no se respiran mucho acá.

Ya entrando en las callejuelas de la ciudad, pude comprobar el mito: Brujas es como sacada de un cuento de los hermanos Grimm. La arquitectura en sus construcciones es como la de la casa de galleta de Hansel y Gretel, con vigas expuestas de madera y techos triangulares, calles adoquinadas e impolutas. De fondo se asoma la Catedral de Brujas, con sus ángulos y perspectivas infinitas, y su campanario que atrae la vista desde lejos como un imán.

Como una primera forma de conocer la ciudad —y teniendo en cuenta que sólo disponía de unas tres horas—, creo que perderse caminando es la mejor opción. Brujas tiene esa cualidad: sea cual sea el camino que tomes, siempre llegarás a algún lugar importante para orientarte. Esa es la gracia de las ciudades pequeñas, supongo. De vez en cuando te toparás con plazas rodeadas de bares, o pequeños parques escondidos entre el ladrillo de las casas. Teniendo todo lo necesario a mano, lo único que queda es caminar y vagar por esas lindas calles de nombres tan complicados.

A la hora de irme afloró mi guiri interno. No comí gofres ni patatas, ni bebí cerveza; pasé a la fiesta tailandesa y compré un pad thai que resultó bastante genérico, acompañado de la imponderable Coca Cola Zero. “Comida rápida para visitas rápidas”, pensé. Y si bien mi visita duró unas pocas horas menos que lo usual, no sentí que fuese menos auténtica que otra más larga y mejor documentada. Brujas me recibió amablemente, y quedé con las ganas de pasar por lo menos una hora más allá en mi próxima visita. Creo que haría una diferencia.

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