¡Qué vuelvan las postales!

El otro día, ordenando un armario, encontré una caja llena de postales. Eran postales de todas partes del mundo: Cuba, Australia, Alemania, Japón, Norte de España, Portugal, Italia… Me fijé en las fechas, y pude comprobar que el número de cartulinas escritas a finales de los años noventa era muy superior al de esas escritas en los últimos tiempos. No me sorprendió. Nadie me negará que enviar una postal cuando se está de viaje se ha convertido en un ritual que solo realizan los más nostálgicos. Pero, ¿que es lo que nos ha hecho dejar atrás una práctica tan bonita?¿Quizás llegó el momento de retomar la costumbre?

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Está claro que las nuevas tecnologías han hecho que, a pesar de estar a kilómetros de distancia, el contacto con nuestros seres queridos sea mucho más fácil que antaño. Nos enviamos correos, nos llamamos, mandamos fotos por el Whatsapp y colgamos vídeos en Instagram, mientras que las postales las dejamos de lado. ¿Para qué gastar dinero en mandar recuerdos a alguien si se puede hacer gratis? ¿Para qué enviar por correo una foto de un paisaje si esta se puede encontrar con un solo click por Internet?

Quizá la facilidad que tenemos hoy para tomar un avión e irnos unos días lejos de casa también ha tenido algo que ver. Para algunos, viajar se ha convertido en algo tan frecuente que ya no tiene la importancia que tenía antes, por lo que no se les ocurre mandar una postal.

Comparando una postal con el monumento original (Leo Gerzon)

Sin embargo, solo hace falta comparar las expresiones faciales de los receptores de postales y de los receptores de e-mails o whatsapps para darse cuenta de que recibir una postal siempre hace más ilusión que una notificación en la bandeja de entrada. Porque, al final, quien la recibe sabe que en lugar de escribir un correo desde el móvil entre parada y parada de metro, la persona que le ha enviado la postal se ha tomado un tiempo para entrar en una tienda de souvenirs, escoger la imagen que consideraba más bonita, comprar un sello, escribir unas palabras (¡redactar a mano hoy en día!) y finalmente buscar un buzón. ¡Todo un detalle encontrar un momento para hacer todo esto con lo acostumbrados que estamos a vivir los días a velocidad acelerada!

Además, no negaremos que, entre esa mini torre de Pisa que nos regalaron y que no sirve ni para aguantar libros, y una bonita postal con la que decorar tu pared, nos quedamos con la segunda, ¿verdad?

Así que toma nota y, la próxima vez que viajes, manda un par de postales a tus amigos o familiares. Ya verás cómo enseguida le coges el gusto; y que no te extrañe abrir el buzón un buen día y ver como no eres el único que ha decidido retomar esta práctica. Y es que, las buenas costumbres, ¡son muy fáciles de recuperar!

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