Mi querida Nantes

Mi querida Nantes,

Llevaba mucho tiempo queriendo explicar nuestra historia, y hoy por fin encontré el momento perfecto para escribirte. Nuestra relación empezó hace ya unos años, cuando en noviembre de 2013 decidí lanzarme y empezar a conocerte. Había oído maravillas sobre ti, pero quería verlas en persona. Sin embargo, cuando llegué, me llevé una buena dosis de realidad: esa imagen idílica que se había creado en mi mente se convirtió en una nube negra y oscura que día tras día dejaba caer la lluvia encima de mí. Dicen que los inicios nunca son fáciles, pero lo nuestro fue realmente tan desmotivador que en ocasiones estuve a punto de tirar la toalla.

Pero llegó enero, y recuerdo perfectamente el día en que por primera vez sentí un acercamiento de tu parte. Aquel martes fui al centro, y al bajar del tranvía tuve la sensación de que esa no eras tú, que la que veían mis ojos no era la Nantes que conocía hasta entonces. De pronto me di cuenta: el sol. Esa mañana las nubes se habían apartado y, por primera vez en dos meses te vi con todo tu esplendor. Los rayos reseguían tu perfil, los techos de las casas brillaban, aún mojados por la lluvia del día anterior, y el cielo tenía un azul que nunca antes había visto. La gente caminaba con menos prisa que los otros días, incluso me pareció que lo hacían con más alegría. Aquel día supe que, a pesar de haber empezado con mal pie, nuestra historia tenía futuro.

Nantes en otoño

Poco a poco me fui ganando tu confianza, y tu la mía. Empezamos a festejar cada vez más a menudo, en la orilla del río Edre, en el parque de Procé, en la terraza de la Tour de Bretagne o en alguno de los pubs las noches de sábado. Reía contigo, disfrutaba de cada uno de tus rincones, aunque de vez en cuando volvían los días grises y me hundía de nuevo en tu frío. Me adapté a tu forma de ser, a tu elegancia y a tu juventud, y crecí gracias a todas las experiencias que vivimos juntas. Aprendí a espabilarme, a encontrar un equilibrio en mí, a valorar los pequeños momentos que me dabas. Me enamoré de nuestra rutina, de la Place Royal a primera hora de la mañana cuando la cruzaba para ir a la universidad, del ding-ding de las campanas del tranvía, e incluso del sonido que hacía la lluvia al caer encima del techo de mi casa.

Un tranvía pasando por delante del Castillo de Nantes

Pero hoy ha llegado el momento de decirte algo. Finalmente me he llenado de fuerza para aceptar que tú no puedes ser la única de mi vida, que necesito ir más allá, explorar, vivir otras realidades lejos de esa zona de confort que hemos creado juntas. Ha llegado el momento de decirte adiós, esperando que entiendas que a pesar de que contigo he sido muy feliz, mi sed de conocer nuevas ciudades me obliga a seguir otro camino. Sé que este adiós va a ir acompañado de más despedidas, las de todas las personas que he conocido durante todo este tiempo, pero espero que tanto tú como ellas algún día comprendáis mi decisión.

Me voy, pero lo hago segura de dejarte en buenas manos, porque sé que bien pronto llegará alguien en tus calles que, como yo, se enamorará perdidamente de ti. Y entonces, mi querida Nantes, el tiempo que pasamos juntas empezará a difuminarse lentamente.

Con amor y agradecimiento, 

Yo

(Inspirado en el texto “Cuando me enamoré de ti y supe que no duraría para siempre” – Blog de viajes Buscando El Meridiano)

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