Mi miedo a volar

No me gusta volar. De hecho lo que no me gusta no es volar, sino saber que en cualquier momento el avión puede empezar a caer en picado. Imaginar esos minutos de descenso es lo que me hace estremecer. Puede parecer ridículo, sobre todo para aquellos que nunca sintieron este miedo, pero puedo asegurar que es aterrador. Y no insistáis,  de nada sirve que me repitáis una y otra vez eso de que “el avión es el transporte más seguro del mundo”, que “el coche es mucho más peligroso”… A mí, si me ponen dentro de un avión a miles de metros del suelo, ninguna estadística me convence.

Aviones en un aeropuerto ( Leonardo Gerzon)     

La verdad es que no tengo claro cuando empezó este temor, pero ya son muchos los años que llevo conviviendo con él. Y claro, al final, tanta paranoia, además de crear estrechos y momentáneos vínculos con los desconocidos y desconocidas de quienes termino agarrada de la mano,  me ha llevado a vivir ciertas anécdotas que ahora, vistas a lo lejos, tienen su gracia. Una vez, viajando de Bruselas a Barcelona, estaba convencida de que había un pasajero con una maleta sospechosa en el avión. Después de dudarlo mucho finalmente decidí tomar el vuelo, pero, y aquí viene la parte ridícula de la historia, antes de despegar me autoenvié en mi correo electrónico un mensaje de despedida para mis familiares, convencida de que no llegaría a destino. Evidentemente lo primero que hice al llegar a Barcelona fue eliminarlo y sentir una gran vergüenza.

En otra ocasión, también bastante vergonzosa, el avión con el que volaba con mi familia hizo un pequeño salto (que a mí me pareció el fin del mundo). Instintivamente le agarré la mano a mi madre que estaba leyendo tranquilamente a mi lado y, lo hice con tal fuerza, que soltó un escandaloso “¡Ayyyy!” que hizo que todos los pasajeros de alrededor nos miraran.

Pero eso no es todo. En uno de mis últimos vuelos me encontré con algo que, a los que tenemos miedo a los aviones, nos es incluso más aterrador que volar: una señora aún más asustada que yo sentada a mi lado. Por suerte, justo antes de que me explicara cuál era la tercera pastilla que se tomaba para tranquilizarse, la convencí para que se cambiara de sitio con uno de mis compañeros, que estaba unas filas más adelante. Suficiente tenía yo con mi miedo como para tener que soportar el miedo ajeno.

Avioneta (Leonardo Gerzon)

Sin embargo, aunque no me guste, el avión siempre termina siendo la opción más práctica y económica para llegar a la mayoría de destinos lejanos, y es por eso que, a pesar de mis miedos,  siempre acabo embarcando. Una vez estoy sentada, me he abrochado bien el cinturón, me he cansado de mirar asesinamente a ese señor de al lado que aún no ha puesto el modo avión y he maldecido a la tripulación y a su estúpido espectáculo en medio del pasillo que todo el mundo sabe que de poco nos servirá si el aparato decide caerse,  tengo distintos rituales que me ayudan a tranquilizarme cuando me dispongo a sobrevolar las nubes.

Primero de todo siempre voy cargada de distracciones: música, libros, series, películas… y si hay suerte, con una buena compañía que hable sin parar. En definitiva, cualquier cosa que consiga hacerme olvidar de que estoy encerrada en un avión sin escapatoria. También tengo por costumbre taparme los oídos apenas la nave empieza a moverse, ya sea con auriculares o con tapones. De esta forma evito estar pendiente todo el rato del ruido del motor y de sus posibles anomalías (en otra vida fui ingeniera aeronáutica). Otra manía que tengo es la de sentarme en la ventanilla. Hay quienes prefieren los asientos del pasillo para sentir menos agobio (ya me dirás tú, como si hubiera algún sitio hacia donde correr), pero personalmente yo necesito ver qué tan lejos estamos del suelo para no desesperarme. Y finalmente, si por cualquier cosa empiezo a agobiarme, antes de montar un drama y empezar a drogarme con Diazepam, miro a la otra gente, a la tripulación, y me intento convencer de que si ellos están tan tranquilos, es que no hay motivo para preocuparse.

Puesta de sol desde un avión (Clàudia Illa)

A menudo, cuando cuento que no me gusta volar,  la gente se ríe de mí: “¡Pero si no paras, si te pasas la vida dentro de los aviones, yendo a todas partes!”. Y es que es verdad, aunque no ha habido un solo vuelo en el que el sudor frío no me haya bañado todo el cuerpo, nunca he dejado de volar ni pienso hacerlo. Porque, al fin y al cabo, no me gusta volar pero me gusta viajar, y mucho, y no voy a permitir que ningún miedo me impida hacerlo. Al final he acabado aceptando que los aviones van a ser siempre un pequeño mal trago a pasar para poder hacer lo que realmente me hace feliz.

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