Marrakech y su caos encantador

—El té se sirve tres veces —explica Abdel, mientras levanta y baja la tetera dejando caer la bebida de menta sobre el decorado vaso de vidrio—. El primero es amargo, como la vida; el segundo fuerte, como el amor; y el último dulce, como la muerte —sentencia risueño.
—Shukraan —susurro, con miedo a no pronunciar bien una de las pocas palabras en árabe que había aprendido. Así agradezco el gesto de bienvenida a la ciudad roja, una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos, declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1985.

El punto de partida para recorrer Marrakech es la Plaza Yamaa el Fna, una mezcla entre un complejo de salas de teatro callejero con los más variados espectáculos y un centro comercial a cielo abierto. Justo enfrente está la mezquita de la Kutubía, cuyo minarete color verde es el punto más alto de la ciudad. Desde aquí comenzamos a percibir el caos con el que conviviremos y que terminará siendo fascinante.
Autos que esquivan motocicletas con una, dos, tres o cuatro personas arriba; motocicletas que esquivan bicicletas; bicicletas que esquivan peatones por la mitad de la calle; peatones que esquivan carros tirados por caballos; carros tirados por caballos que esquivan autos. Un tractor. Todos esquivan a todos. Y con éxito.

La banda sonora del lugar mantendrá una melodía constante todo el día: bocinas, altoparlantes que anuncian el comienzo de la oración, bocinazos, gritos de vendedores de especias, teléfonos, joyas y cuero, más bocinas.

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Una vez dentro de los pasillos de los zocos, esos mercadillos árabes aglutinados por rubro tan pegado uno del otro que vuelven las fronteras confusas y donde el regateo es moneda corriente, el camino se vuelve laberíntico. Es momento de agudizar el sentido de la ubicación para no perdernos y poder salir por donde ingresamos a la plaza principal. Eso sí, aquí también hay que tener cuidado con las motos a alta velocidad y los burros con cargas de todo tipo que van y vienen incansablemente por las callejuelas.

Volver a Yamaa el Fna de noche es como llegar a otra plaza. Los artistas se multiplicaron con el correr de las horas, aparecieron espectáculos más atractivos y se instalaron cientos de puestos de comida en el centro de la plaza. El lugar se convirtió en el ideal para cenar tangia marrakchia, un guisado de carne típico de la cocina marroquí, antes de volver a descansar. Y por supuesto, para el final, un té de menta.

—Dulce y encantador, como Marrakech, por favor.

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