Magnetismo marroquí

—Esto es tercer mundo, esto es África, mucho cous cous aquí adentro —grita Azzdine golpeándose la cabeza calva con su puño mientras ríe a carcajadas tras discutir con un hombre que cruzó por la mitad de la calle y pateó el baúl de su auto.
La avenida de Las Palmeras —la Champs Elysees marroquí —acota nuestro simpático guía, es una de las dos arterias principales con que cuenta Fez, al igual que el resto de las grandes ciudades marroquíes. Es un boulevard moderno y ordenado, repleto de cafés en cuyas terrazas descansan cientos de hombres mirando hacia la calle, como acostumbran en París, ayudando a que la comparación no parezca tan exagerada.

Esta calle, en la parte nueva de la ciudad, nos lleva a la parte vieja, la medina más grande del mundo, a pocos kilómetros de allí y pasando antes por uno de los veintidós palacios reales que tiene el Rey de Marruecos diseminados por todo el país.

—Ahora iremos a la cima de una colina donde podrán tener la mejor vista de la ciudad  —aseguró Azzdine, convencido, luego de bromear con un policía de tránsito que simulaba trabajar en una esquina.
Y así fue, desde el fuerte de Borj Nord se puede apreciar la inmensidad de la medina, sus catorce kilómetros de muro con sus catorce puertas y sus más de nueve mil serpenteantes callejuelas sin principio ni fin que requieren de la compañía de un guía local para no perderse.

Vistas desde el fuerte de Borj Nord

La atmósfera que se genera allí arriba cuando todas las mezquitas, una por barrio, anuncian el comienzo de la oración es conmovedora. Eriza todos los pelos del cuerpo. Emociona. Este espectáculo libre y gratuito debería ser incluido en cualquier libro recopilatorio de cien cosas para hacer antes de morir.

El ingreso a la medina es a pie, con todos los sentidos bien despiertos para no perderse ningún detalle. Sobre todo el del olfato, ya que allí dentro es posible viajar percibiendo todo tipo de aromas. De los más diversos. Agradables. Hipnóticos. Nauseabundos. A comidas caseras que despiertan el apetito. A curtiembres funcionando como sistemas de producción en serie. A humanos. A animales. A especias. A vida y a muerte.

En el interior se puede encontrar además la que es considerada por muchos historiadores como la primera universidad del mundo, fundada por una mujer, Fátima, hace más de un siglo, en épocas en que la ciudad era la capital del país.
Cuando cae la tarde, y luego de algunas discusiones inevitables con vendedores que tratarán de hacer lo imposible para que compres lo que seguramente no necesitas, decidimos salir del laberinto y volver en coche al hotel nuevamente por la Avenida de Las Palmeras. Azzdine está cansado, pero aún le queda algo de sentido del humor.

—Allí está la embajada americana —comenta sarcástico, señalando hacia su izquierda un local de McDonald´s.

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