Los claroscuros del Nou Mercat de Sant Antoni

Por Clàudia Illa y Antonio Rosselot

El recinto barcelonés reabre sus puertas al público con un presente exitoso, pero un futuro incierto. Entre supermercados, turistas y cambios generacionales, uno de los mercados más icónicos de la ciudad pretende recuperar su importancia a nivel histórico, con un ojo puesto en el ascendente —y peligroso— número de personas que visitan Barcelona buscando experiencias gastronómicas.

Fruteria del Mercat de Sant Antoni (Antonio Rosselot)

Entre frutas, verduras, gritos y empujones, la multitud que atesta el Mercat de Sant Antoni circula por sus pasillos sin mayor objetivo que empaparse de la novedad. Después de casi diez años de claustros y remodelaciones, el clásico edificio de calle Comte d’Urgell ha abierto nuevamente al público mostrando una cara moderna y convocante. La gente parece estar de acuerdo con lo último: en el punto medio del mercado, en ese mini ágora en donde confluyen todas las vías del recinto, se oye una voz animada: “¡Esto es como un palacio!”.

Un espacio histórico

Está lejos de ser un palacio, pero en sus orígenes, el Mercat de Sant Antoni fue pensado igualmente como una obra monumental. Diseñado por Ildefons Cerdà y construido por el destacado arquitecto Antoni Rovira i Trias, las obras del edificio principal terminaron en 1882, año en que se inauguró al público. Desde esa fecha, el Mercat funcionó sin interrupciones durante 127 años, en los cuales prácticamente no hubo renovaciones tanto en su estructura como en su mobiliario interior. Y eso se notó después de un tiempo. “El cambio era brutalmente necesario. Las paradas de entonces no teníamos agua, sólo con eso te lo digo todo. Teníamos que ir a una fuente cercana con cubos, era algo más bien tercermundista”, cuenta Pilar, quien trabaja hace más de 40 años en el mercado vendiendo carne. Evaristo, heredero en tercera generación familiar de una de las paradas de ropa del Mercat, concuerda en que el mercado actual es mucho más cómodo. “Prácticamente, pasamos de vivir en el siglo XIX, a vivir en el siglo XXII”, comenta.

A fines de 2009, el Mercat original cerró sus puertas y los paradistas fueron trasladados a dos carpas provisionales, ubicadas en la ronda de Sant Antoni. La drástica disminución del espacio y la pérdida de clientela por el boom de los supermercados hicieron que en esta primera transición del mercado cayeran varios de los paradistas originales y el número de comerciantes se redujera prácticamente a la mitad. “Hace 40 años éramos alrededor de 350 paradas: después de eso, cuando vinimos a la carpa, quedamos 100. Y aquí hemos venido cincuenta y algo”, explica Pilar, de la carnicería.

Tampoco ha sido fácil para los comerciantes y vecinos del sector. Ya inaugurado el nuevo Mercat, las carpas provisionales aún no se han retirado, y siguen ocupando casi la totalidad del espacio peatonal de la ronda Sant Antoni. En declaraciones a Betevé en febrero de este año, algunos de los vendedores del barrio se quejaron de la situación con la que han tenido que lidiar en los últimos diez años, comentando que las estructuras quitan toda visibilidad a los negocios de la calle y la dividen en dos, “convirtiendo una avenida en dos pequeñas callejuelas”. A día de hoy, aún no hay una fecha establecida para la remoción de las carpas.

Mercado de Sant Antoni ( Antonio Rosselot)

Nuevo comienzo, nuevos problemas

Los importantes avances que se hicieron en tecnología y accesibilidad no significan que el Mercat esté completamente operativo. Gran parte de los vendedores se mostraron descontentos con el poco tiempo de antelación con el que se les avisó de la reapertura: algunas paradas aún no están terminadas y, con menos de un mes de preparación, los paradistas todavía no tienen clara la distribución de sus productos. “Estuvimos hasta las 10 de la noche del día antes de la reapertura montando cosas de la parada, y todavía nos falta. Todo ha sido muy precipitado. La puerta aún no está, los vidrios de protección tampoco…”, señala Lluís, quien lleva una pescadería en el Mercat.

Otro riesgo para el futuro del mercado está justamente debajo de éste. El miércoles 23 de mayo, mismo día en que el Mercat se abrió al público, se inauguró un nuevo supermercado de la cadena Lidl en la planta subterránea del edificio, lo que a priori podría significar un impacto en las ventas de las paradas, por las diferencias significativas de precio en ambos comercios. De todas maneras, los comerciantes no muestran demasiada preocupación por el tema. “Con el super se procura que entre más gente al mercado. Si no lo tuviéramos abajo lo tendríamos en la calle, y ahí la competencia sería igual o peor”, opina Mary, que trabaja en una de las paradas del Mercat. Así mismo, aunque algunos de los vecinos y clientes se muestran molestos por la presencia de una gran empresa en un espacio tradicional, hay quienes lo justifican desde el punto de vista económico. “Es un precio necesario a pagar. Si se quiere mantener este nuevo mercado, hay que buscar una financiación que lo sustente”, opina Macarena, quien vino a conocer el nuevo mercado con su familia.

El fantasma de La Boquería

Según la última investigación estadística del turismo en Barcelona, publicada en 2016 por el Ayuntamiento, el 86,7 por ciento de los residentes considera que la afluencia de visitantes extranjeros es positiva para la ciudad. Aún así, más de la mitad de ellos cree que de mantenerse esta tendencia, llegará un punto en que la ciudad no dará más abasto. Todo se debe a que, aparte de sus atractivos más destacados y convocantes, la capital de Catalunya se ha posicionado dentro del selecto grupo de destinos foodie a nivel mundial, y es por esto que los mercados de productos frescos resultan ser muy atractivos para quienes buscan experiencias gastronómicas.

Carniceria del Mercat de Sant Antoni (Antonio Rosselot)

Mientras tanto, la gente se mueve con dificultad por los pasillos del Mercat entre carritos de compra, curiosos que se paran para inmortalizar con sus cámaras las nuevas paradas, familias con niños pequeños y periodistas. La reapertura, sobre la cual la prensa habla desde hace días, es el evento de la semana en la ciudad, pero en las caras de varios clientes habituales, como Adelaida, se ve desconcierto e incluso malestar: “Es agobiante, hay demasiada gente. Espero que esto solo sea así al principio y que luego se calme, porque sino será imposible hacer la compra con tranquilidad”, comenta. Ni siquiera los paradistas parecen contentos con la multitud, y dicen que el barullo es sólo por la novedad: “Son solo curiosos. La primera señal de que la cosa no va bien es ver gente con bolsas, y aquí no veo a ninguno”, confirma Evaristo.

La expectación que generó la reapertura del recinto atrajo a tal cantidad de gente que a muchos la escena les pareció peligrosamente semejante a la que se ve en La Boquería. “Tenemos que procurar que no nos coma el turismo. Sí hay que atenderlo, pero los clientes habituales deben continuar siendo nuestra primera prioridad”, comenta Mary, una de las paradistas.

Sin embargo, algunos de los habituales del mercado prefieren afrontar directamente el temor al turista. “Lo que no podemos hacer es no arreglar mercados ni generar otros espacios de convivencia pública por miedo a que se vuelvan demasiado turísticos”, opina Chus Blanco, un cliente del antiguo Mercat que está muy contento con toda la renovación. “Los vecinos y vecinas del sector somos los que tenemos que organizarnos para que éste continúe siendo un espacio para la gente del barrio”, considera.

Edificio del Mercat de Sant Antoni (Antonio Rosselot)

El día de inauguración oficial y el mercado ebulle como una olla a presión, tanto en sus atiborrados pasillos como en las veredas aledañas, donde distintas generaciones de vecinos se divierten con las actividades organizadas por el Ayuntamiento. Gegants, trabucaires y música en vivo animan las calles, mientras el imponente mercado vigila toda la acción desde las alturas. A primera vista, el Nou Mercat de Sant Antoni está destinado a ser un gran éxito, pero también podría morir de ello. Finalmente, solo el tiempo lo dirá.

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