Londres express

El avión salía a las 6:30 de la mañana, hora de Barcelona. Desperté a mi madre por sorpresa la madrugada de un lunes a las 4:30 diciéndole que tenía la maleta hecha, solo necesitaba que se espabilase y vistiese.

Después de diez minutos de quejas y enfados estábamos en el taxi de camino al aeropuerto. Todo el camino fue una retahíla de preguntas e intentos de que le desvelase la sorpresa. Su mente seguía diciéndole que íbamos dirección a Salamanca y no dejaba de reírse cuando me recordaba, una y otra vez, que en coche nos habría salido más barato. A pesar de eso, estaba ya totalmente despierta y con ganas de comerse el mundo, justo como la quería. Le seguí el juego todo el camino, negándome a enseñarle los billetes.

La eterna transición del aeropuerto

Llegamos. Las 5:15. Mientras yo buscaba en las pantallas el número de nuestro vuelo para situar la puerta de embarque le pedí que fuese a buscar un sitio para desayunar. Sonreí al verla tan contenta y ahí es cuando entró el miedo de haber escogido mal. Una vez encontrada la información me reuní con ella en la cafetería.

Mientras ella bebía su cortado y yo me me acababa mi coca-cola, asegurándole por enésima vez que no quería nada comer, la hice levantarse en cuanto vi que su taza estaba totalmente vacía. Llegamos la control de la documentación, entregué ambos DNI juntos y le enseñé de refilón al personal que flanqueaba la puerta los billetes.

Una vez dentro, le di su tarjeta de embarque y la presioné para ir corriendo a la puerta, no teníamos tiempo. Entre las prisas, los nervios y el estrés previo, no fue consciente de donde la llevaba hasta que nos sentamos en el avión. Entonces, miró por primera vez en serio su billete y, con cara de sorpresa, me dijo que no podía ser.

Nuestro destino, por fin

Pero era. Londres nos saludaba cuando llegamos a la ciudad inglesa a las 8:30, hora de allí. Cuando conseguimos salir del aeropuerto y llegar, por fin, a la estación de Victoria no podíamos dejar de mirar a todas partes.

Una vez situadas, nuestra primera parada fue Kings Cross. Llegamos a la estación sobre las 10 y fue un acierto haber ido tan pronto: no había casi nadie haciendo cola para hacerse la foto de rigor en el carrito de la película de Harry Potter. Una vez ya con nuestras respectivas bufandas de Slytherin, la foto hecha y cuatro risas con el encargado y la fotógrafa, entramos en la tienda oficial.

Carrito de la estación de Kings Cross, Londres

La tienda nos absorbió, en especialmente a mi, y salimos de allí con la mochila entera llena de libros, llaveros y fundas de móvil prometiéndonos volver para poder comprar la bufanda oficial del colegio y acabar de arrasar con todo lo que no podíamos llevar ese día encima. Buscamos la manera más directa de irnos a Camden, otra parada obligatoria en nuestro pequeño viaje, y nos despedimos del mundo de Harry Potter mientras yo me sentía como una niña pequeña el día de Navidad.

Tienda de Harry Potter, Kings Cross, Londres.

El metro de Londres no dejaba de sorprendernos y, hasta que no aprendimos más o menos a movernos estuvimos unos veinte minutos de una estación a otra buscando como llegar a Camden. Al final, y tras mucho preguntar y abusar de la hospitalidad inglesa, llegamos a nuestro destino. Camden Town fue todo lo que esperábamos y aún más.

Lamentamos no haber llevado la cámara y el poco tiempo del que disponíamos al no poder disfrutar del todo de la experiencia de esa calle llena de fachadas que podrían estar expuestas en museos, tiendas tan alternativas como corrientes y la sociedad inglesa que siempre me ha fascinado tanto.

Camdem Town, Londres

La turistada de rigor en Londres

Tras dar vueltas como locas y encontrar cuatro trapitos que llevarnos a casa para calmar nuestras ganas de seguir comprando volvimos directas al metro y, esta vez, si supimos como ir a nuestro destino: The London Eye.

Pasear de camino a la gran noria de Londres andando desde Trafalgar Square fue una experiencia increíble. A pesar de perdernos, y no poder ver Picadilly Circus por falta de tiempo, a media tarde llegamos a divisar el ojo de Londres, a pesar que algo más lejos de lo que habíamos querido. Pero ni el frío, ni el cansancio y tampoco las ganas de tomarnos algo caliente, nos impidieron disfrutar de esa vista maravillosa y lejana a la vez.

The London Eye, Londres.

Después de esa parada, hicimos una visita rápida a los edificios del Parlamento y vimos también a los guardias del Buckingham Palace con sus respectivos uniformes y caballos, desafiando al frío londinense y al cansancio mientras se abstraían de los turistas que exigían hacerse fotos con ellos como si fueran mero decorado extra del lugar.

Última parada

El día llegaba a su fin y teníamos que decidir qué queríamos ver. Tras una charla en una cafetería tomando un café y un té decidimos que lo que más nos apetecía ver era Covent Garden. Cargamos nuestras mochilas y fuimos directas al metro con el corazón encogido por la que sería nuestra última parada antes de volver a casa.

Una vez allí, recorrimos el lugar en menos tiempo del deseado pero conseguimos verlo casi entero. Nuestra sorpresa no pudo ser mayor cuando vimos que los londinenses desafiaban al frío haciendo una paella enorme en medio del mercado. Nuestras risas acompañaron al bullicio del lugar y nos acabamos de enamorar de la gran ciudad inglesa.

A parte de la comida, Covent Garden ofrece desde tiendas de ropa, artilugios de té y zapatos hasta pequeñas paradas en las que artistas pueden vender sus cuadros, ilustraciones y manualidades hechas a mano y ganarse un nombre en pleno siglo XXI, una época donde el arte está tan valorado como olvidado.

Paella londinense, Covent Garden, Londres

Volver a casa

El día llegaba a su fin y la hora de volver a la realidad nos pisaba los talones. Después de retrasar lo imposible, nos decidimos a ir a la estación para coger el tren que nos llevaría de vuelta al aeropuerto y, por primera vez en todo el día, no nos perdimos.

Llegamos agotadas a la puerta de embarque, muertas de frío y con la cara roja pero los ojos rebosaban tanta alegría que no podíamos dejar de sonreír. La sorpresa había sido un éxito y, por primera vez, mi madre había salido de España, conmigo.

Fueron menos de 24 horas intensas, irrepetibles e inolvidables. Pero, como siempre, Barcelona nos recibió con los abrazos de los pequeños que habíamos dejado en casa, a pesar de que un trocito de nuestro corazón se había quedado entre las calles interminables e incansables de Londres.

Pequeño mercadillo dentro de Covent Garden, Londres.

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