La república al otro lado del río

Enclavada en un pequeño espacio cerca del centro de Vilna, la nación autoproclamada de Užupis es un espacio donde la libertad, la cultura y la ironía priman por sobre el resto de las cosas. Con un Presidente poeta y una particular Constitución de varios puntos, este país, construido en los años noventa por los artistas de la zona, se ve enfrentado a la amenaza del turismo actual y a la pérdida de su filosofía de vida.

Por María Jesús Ballesta y Antonio Rosselot

Artículo 1: «Todo el mundo tiene derecho a vivir al lado del río Vilnia y el Río Vilnia tiene el derecho a fluir para cada uno.»

Lo primero que aparece al cruzar la frontera que divide a Užupis con el resto de Vilna, es un bar. Užupis recibe a sus visitantes con una cerveza fría en el Užupio Kavine, un bar especial no solo por sus privilegiadas vistas al río, sino por funcionar como el Parlamento y principal centro social y político de la autoproclamada república al servicio de las artes.

Con tan solo veintiún años de historia, esta nación —cuyo nombre significa literalmente «al otro lado del río»— se ha convertido en una de las principales atracciones turísticas de Vilna. Declarada oficialmente el 1 de abril de 1997, Día de los Inocentes, la República de Užupis puede parecer una broma a primera instancia: todavía se cuestiona la legitimidad de este micro-país, pero nadie puede poner en duda el compromiso de sus cerca de siete mil habitantes.  Aunque no sea considerada como oficial por los gobiernos extranjeros, posee una bandera propia —que cambia según la estación del año—, un ejército propio, una moneda oficial, un pasaporte y una Constitución idiosincrática con cuarenta y un artículos traducida a más de veintitrés idiomas, lo que prueba que Užupis es un proyecto a largo plazo.

Antes de separarse del resto de Lituania, a mediados de los años noventa, este país no era más que un barrio marginal de Vilna, que fue adoptado por artistas locales y transformado en el lugar más bohemio y liberal de la ciudad. Pintores, escultores, literatos y filósofos se instalaron en Užupis en busca del paraíso, adoptando así un orden social que privilegia el ocio y la cultura en no más de un kilómetro cuadrado de territorio.

Artículo 35: «Nadie tiene derecho a hacer a otra persona culpable.»

Tras la ocupación soviética y la re-independencia de Lituania en 1990, el país buscaba una identidad perdida, una reinvención con el que cerrar una dolorosa etapa de cuatro décadas de tiranía y exterminio. Las sucesivas invasiones nazi y soviética hicieron mella en la capital, especialmente en el barrio de Užupis.

Antes de ser invadida por las tropas de Hitler en 1941, en Vilna se concentraba una de las mayores comunidades judías de Europa, con alrededor de cincuenta y cinco mil semitas. Esta población sufrió una persecución sistemática por parte de las nuevas autoridades pro-alemanas, que llevaron a cabo el encarcelamiento y aniquilación de estos ciudadanos, relegados al gueto de Vilna. Las cifras del genocidio reflejan dramáticamente el horror que se vivió en la ciudad: únicamente sobrevivieron entre dos mil y tres mil judíos de la población original.

A la ocupación alemana le siguió la soviética en 1944, dando comienzo a una etapa de unificación arquitectónica y cultural que destrozó aún más los pequeños resquicios de identidad nacional. Ya en los años ochenta, la decadencia del modelo comunista propició el surgimiento de distintos núcleos independentistas, que exigían restablecer el lituano como lengua oficial, respetar la libertad de culto y garantizar la prevalencia de las tradiciones y costumbres locales. En 1989, la lucha por la independencia tendría sus frutos con la recuperación de la bandera tricolor y el himno oficial del país. Finalmente, en 1991 Lituania se proclamó como república independiente.

Mientras el resto de Vilna se sacudía los restos de su pasado tormentoso, a finales de los años noventa Užupis seguía siendo un distrito marginal y destrozado. Los edificios del barrio carecían de las instalaciones básicas y eran hogar principalmente de prostitutas, vagabundos y maleantes. Este distrito no era más que el gueto olvidado de un país que buscaba encontrar un nuevo camino a través del que renacer. Tanto es así, que una de sus calles principales, la calle Užupis, fue conocida durante esta época como «la calle de la muerte», no sólo por el alto índice de criminalidad en la zona sino también como recuerdo de que en el pasado, Užupis fue el barrio judío por excelencia de Vilna.

Fue esta decadencia y los bajos costes de la vivienda lo que hicieron que varios artistas  decidieran instalarse en la zona y, poco a poco, comenzar la reconstrucción del lugar tanto estructural como espiritualmente. Užupis renació para convertirse en el símbolo de la esperanza ante el futuro y rebelión contra lo preestablecido.

Artículo 25: «Todo el mundo tiene el derecho a tener una nacionalidad»

En el sitio web de la embajada de Užupis (www.uzhupisembassy.eu) se puede leer la frase «Representando a la República Lituana de los Ángeles», que simboliza una llamada a respetar el carácter local y el deseo por vivir bajo un nuevo orden, cuya mayor preocupación son las labores artísticas y la vida colectiva con los vecinos del sector. Esta misma filosofía es la que rige a otras comunidades similares en Europa, como Montmartre (París), el barrio de Praga (Varsovia), Metelkova (Liubliana) y Christiania (Copenhague).

Roman Lileikis, Presidente de Užupis, es poeta, músico y director de cine. Por este motivo, no es de sorprender que los proyectos culturales, los festivales de artes y la difusión de la Constitución del país sean los principales puntos en la agenda del gobierno «uzupiano». A lo largo de los años, esta pequeña república ha ido cobrando importancia a nivel internacional, y cuenta con embajadores y cónsules que la representan en los cinco continentes; incluso tiene representantes en el Parlamento Cultural Europeo.

Una república no puede preciarse de tal si no tiene una columna vertebral que la sostenga. La curiosa Constitución del distrito independiente fue redactada en 1998 por el mismo Lileikis y Tomas Čepaitis, libretista de profesión y actual Ministro de Asuntos Extranjeros de Užupis. Ambos son amantes de los perros y los gatos, lo que explica la curiosa existencia de algunos artículos dedicados exclusivamente a los derechos de estos animales. A su vez, la Constitución vela por el derecho de las personas a hacer el vago, a celebrar —o no— su cumpleaños, y el derecho a no tener derechos, entre otras excéntricas garantías. La carta fundamental de Užupis está fijada a modo de placa en una de las paredes que da a la calle Paupio, en el centro del distrito, y acompañada por varias de sus traducciones en otros idiomas.

Artículo 16: «Todo el mundo tiene derecho a ser feliz.»

La historia reciente de Užupis es un sinónimo de organización, siempre ligada al mundo de las artes. Una vez caída la Unión Soviética, Vilna era una representación viva del «borrón y cuenta nueva» que vivía Lituania: todas las estatuas de Lenin y Marx —repartidas por montones a lo largo de la ciudad— fueron quitadas de su sitio, dejando así una gran cantidad de plataformas y zócalos sin ocupar.

En 1995, Saulius Paukstys, uno de los residentes de Užupis y presidente del club de fans del músico estadounidense Frank Zappa, gestionó con el Gobierno lituano la posibilidad de instalar una estatua del artista en uno de los espacios libres del centro de Vilna. La idea era usar la figura de Zappa, uno de los varios artistas que fueron prohibidos durante el régimen soviético, como un símbolo del fin del comunismo en el país báltico. Las autoridades se mostraron dudosas en un principio dada la tendencia izquierdista del músico, pero el hecho de que éste fuese de origen judío —religión de importancia histórica tanto para Užupis como para toda Lituania— fue el factor que dio luz verde al proyecto. El memorial de Frank Zappa fue instalado en 1995 en una plaza de calle Kalinausko, en pleno centro de Vilna.

Este tipo de acciones son las que caracterizan a los «uzupianos». La comunidad de artistas que vivía en el barrio destacó por la creatividad a la hora de plantear su autonomía ante el mundo, y la instalación de la estatua de Zappa les permitió tener una figura representativa, un emblema que los llevó a hacerse conocidos. En Užupis la libertad es lo primero, y el arte se respira en todos sus espacios: tanto en sus calles con murales coloridos como en los varios estudios de pintura y artesanía repartidos a lo largo del distrito, dando cuenta de una preocupación genuina por mantener viva la cultura local.

Otra prueba del espíritu libre de Užupis es la gran cantidad de fiestas e intervenciones artísticas que hacen en la vía pública, atrayendo a cada vez más curiosos. Mediante estas iniciativas, que hacen recordar a los circos y ferias de las épocas pasadas, la mini-república funciona con intenciones genuinas: juntar a la comunidad y crear lazos de confianza entre los vecinos, defensores de su terruño.

Aquí todo se toma con mucha calma y humor, lo que se nota incluso a la hora de demostrar compostura: el sitio web oficial de Užupis señala que “no está claro si la autonomía de esta República, no reconocida por Gobierno alguno, tiene la intención de ser seria, irónica o ambas”.

Artículo 31: «Todo el mundo puede ser independiente.»

En un comienzo, la República de Užupis se organizó bajo las ideas de Aristóteles, quien señalaba que cualquier gran ciudad debía tener un número limitado de habitantes. Por eso mismo, en Užupis se estableció ese límite en cinco mil personas, ya que según sus fundadores, es el máximo de caras que puede recordar el cerebro humano. El ministro Tomas Čepaitis señaló, en entrevista con la BBC, que “en Užupis todos se conocen entre sí, entonces es difícil jugar sucio y manipular a las otras personas”.

Sin embargo, los mismos atributos que hacen de este distrito un lugar atractivo, lo están empezando a afectar seriamente. Una vez que Užupis se dio a conocer al mundo, comenzó a vivir un proceso de gentrificación y apertura que escaló con más rapidez de la esperada: esta zona, ignorada y rechazada durante varios años, ahora es la segunda más cara de Vilna después del centro histórico. El escenario complica a los habitantes de la república, que ven cómo sus calles y monumentos acumulan cada vez más turistas, seducidos por la posibilidad de tener una «experiencia Užupis» y compartirla en redes sociales.

Si bien ya han habido manifestaciones en contra del aumento del valor del suelo y la construcción de más puentes de acceso a la República, el bajo nivel de manejo político y burocrático de los líderes de Užupis ha entorpecido las gestiones con el Gobierno lituano. La globalización está haciendo mella en el distrito y alterando de paso la idea matriz de esta nación autoproclamada, pero tal como en toda su historia, sus ciudadanos muestran esperanza y optimismo respecto al futuro. En la entrevista mencionada anteriormente, Tomas Čepaitis señala que la visita de turistas podría ser positiva para la república, ya que así se puede expandir la filosofía que rige a Užupis. Sin embargo, el hecho de que espacios como Christiania o Montmartre ya estén sufriendo los rigores de la industria del turismo, significa que Užupis tiene una gran disyuntiva por delante: si mantenerse firme ante la sociedad con la autenticidad que la caracteriza, o asumir la inevitabilidad del contacto con el resto del mundo.

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