La playa inexplorada del oeste de Florida

Cuesta creer que queden playas “por descubrir” en el estado de Florida, pero en una zona llena de arenas premiadas como Tampa Bay, Caladesi Island -que no es isla en realidad- tiene una de las más salvajes y poco concurridas, apenas a 15 minutos de Clearwater (que es otro paraíso donde tirar la toalla).

Caladesi está apenas a 15 kilómetros de Clearwater, en la costa oeste del estado de Florida, pero parece que quedara a un mundo de distancia: desde la cubierta del ferry que nos acerca en un viaje de apenas 15 minutos, la isla (que no es isla en realidad, pero ya hablaremos de eso) luce salvaje y casi despoblada. Desde la embarcación donde ahora mismo solo hay una veintena de pasajeros, nada permitiría adivinar el gran atractivo de este sitio, la razón que a todos nos convoca.

En una región de playas perfectas y hasta premiadas, Caladesi guarda una de las mejores. Y más importante que eso: una de las menos concurridas.

Antes de zarpar había estado hablando sobre este lugar con varias personas de Clearwater, una ciudad de poco más de 100 mil habitantes en la que buscaba algunas pistas adicionales sobre esa isla, pero no había tenido muchos resultados. La gente de Clearwater no sabía demasiado sobre sus playas, lo que tampoco es de extrañar: en esta zona de la península de Florida se encuentran -con facilidad- al menos dos de las más reconocidas franjas de arena de todo este país. Se trata de Clearwater Beach, por ejemplo, que ganó el Traveller’s Choice que entregan los participantes en la comunidad web TripAdvisor, mientras que su vecina -St. Pete Beach- figuraba en el cuarto lugar del mismo ranking. Dos hitos premiados en una zona llena de franjas de arena que debieran serlo.

Por eso mismo, no resulta extraño que pocos habitantes de Clearwater sientan necesidad alguna de partir a buscar otra playa. Pero esa era precisamente nuestra idea: la “distancia” -más psicológica que real- hacía de Caladesi Island y su propia playa un lugar original, con una característica difícil de encontrar en un estado tan “vacacional” como este, siempre repleto de turistas que invaden desde sus parques de diversiones hasta sus costas: en Caladesi había exclusividad.

O, si lo prefiere así: silencio.

Lo que sabía de Caladesi era que la “isla” formaba parte de un parque estatal moldeado por los fenómenos naturales. Originalmente se trataba de una larga barra de arena y árboles tropicales llamada Hog Island, que quedó fragmentada y dividida luego del paso de un huracán en 1921: así surgieron como dos hitos separados Honeymoon Island al norte y Caladesi en el sur.

El lugar de partida del ferry está en Honeymoon Island, adonde se llega en auto y que es la vía que eligen todos los que quieren descubrir este rincón. Hay otra opción: caminar por la costa un par de horas desde la misma Clearwater Beach, pero hay tramos donde uno se hunde hasta las rodillas en la arena y el mar, y en ese caso es posible toparse con rayas, cuyas picaduras pueden ser muy dolorosas.

Como sea, en ferry el viaje es breve y cómodo, porque en este lado de la costa floridana, que enfrenta al golfo de México, el mar parece -al menos en este momento- tan tranquilo como una taza de leche (algo que aprovecha todo tipo de embarcaciones menores, propiedad de la gente que vive aquí; hay desde lanchas a paddle boards, cuyos ocupantes saludan a quienes viajamos sobre la embarcación). Así, pronto empezó a aparecer adelante nuestro la minimarina de Caladesi, que no era otra cosa que un muelle de madera con apenas unos cuantos espacios libres donde amarrar botes privados. Y más allá estaba la curiosa estampa de esta isla que, a pesar de encontrarse tan cerca, se hacía sentir como si estuviese tan lejos (al menos lo estaba en estilo de la ciudad que acabábamos de dejar).

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En Caladesi, desde luego, no había edificios, tiendas de marca ni menos autos de lujo (o autos de cualquier tipo, para ser precisos). Solo se veían unos pocos quinchos de madera equipados con parrilla, baños y una pequeña cafetería pegada al camino de acceso hacia el tupido bosque que cubre el interior de la isla.

Mientras hacía inventario mental de lo que encontraba en la isla, recordé lo que dijo Jane, una de las gringas que venían en el mismo ferry: “Para poder disfrutar realmente de Caladesi, tienes que adaptarte a ella, a su ritmo”.  Así que eso es lo que intento hacer.

Todos los años, el científico estadounidense Stephen Leatherman -que es el director del Laboratory for Coastal Research en Florida International University, pero es más conocido como Dr. Beach- rankea las 10 mejores playas de Estados Unidos a partir de cincuenta criterios que incluyen desde análisis científicos y de composición de la arena hasta el olor de la playa y su infraestructura, o si permite el acceso de animales.

Con serios competidores en Hawai y California, por poner un par de ejemplos, las playas de Florida occidental tienden a lucirse en esta lista. Y Caladesi se ha vuelto un dato más o menos frecuente entre las diez principales, donde incluso llegó a anotarse como número uno hace unos años y ahora figura en el noveno puesto (un punto adicional sobre el ránking del Dr. Beach es que tiende a dejar fuera a los ganadores de años previos, para evitar que se repitan los mismos nombres).

Lo que sucede cuando uno ve la playa es que perfectamente podría estar de acuerdo con esa lista, sin necesidad de más “criterios” de evaluación que la vista.

Mientras caminamos por el puente que cruza Cat’s Eye Pond (que es uno de los pozones de agua cavados en esta isla como una forma de ayudar a controlar la proliferación de mosquitos; al menos hacia el interior de la isla, la idea no parece demasiado efectiva), el paisaje verde se va despejando y las arboledas tupidas y sombreadas dan paso a la explanada de arena.

En la playa de Caladesi, una de las cosas que atraen es que todo se mantiene al natural: en la isla no hay máquinas que limpien la arena, pero tampoco hay nadie quitando la cantidad de algas que a veces se acumulan cerca del mar. Así, todo sigue su flujo sin contratiempos, salvo por los pocos visitantes que llegan a alterar el estado naturalmente tranquilo del lugar.

Hoy, por ejemplo, no hay más de cuarenta personas en la playa, y todas parecen compartir el mismo espíritu: quitados de bulla, algunos recorren la arena recogiendo conchas, mientras otros duermen siesta al sol, apenas protegidos con el sombrero encima de la cara. Hay niños haciendo -obvio- castillos de arena, mientras los padres los miran de reojo a la vez que tratan de descansar y refrescarse. El calor esta mañana de día martes ha sido sofocante (36 grados, con 85 por ciento de humedad), así que varios se refugian bajo la sombra precaria de unos quitasoles que pueden arrendarse en el garito minúsculo ubicado a la entrada de la playa.

Salvo eso, está claro que Caladesi no es una playa popular ni pretende serlo, sino que parece disfrutar con su sencilla desnudez, con su estado semisalvaje.

Uno se pone a la altura del lugar. La caminata por la playa (que tiene aproximadamente 5 kilómetros) tiene un efecto tranquilizador, aunque también podría calificarse como soporífero. En la parte alta de la costa, un poco más alejado de la orilla, se ven los únicos indicios de humanidad en el lugar: unas cuantas jaulas pequeñas que protegen los sectores donde las tortugas marinas vienen a desovar.

Cerca también se puede encontrar una serie de sencillas bancas de madera que tienen grabados mensajes del tipo “In Memoriam”, como un modo de homenajear a las familias que fueron pioneras de esta zona. Se repiten los nombres de Henry y Myrtle Scharrer, una pareja que vivió en Caladesi hacia fines del siglo XIX (mucho después de eso, Myrtle, ya con 87 años, escribió Yesteryear I Lived in Paradise: The Story of Caladesi Island, un libro que narra las historias que marcaron su estadía en este lugar), algo que resulta difícil de creer: ¿alguien viviendo aquí de manera permanente?

Estoy en eso, cuando recuerdo las palabras de Jane, la gringa que conocí en el ferry, así que hago lo que dijo: me tiro sobre la arena un momento. Me adapto.

Más tarde, la cafetería de Caladesi parece un golpe de realidad. Con el aire acondicionado funcionando a toda potencia, este local podría ser un negocio en cualquier otra playa -más concurrida- de cualquier otro lugar -más concurrido- del país: hay souvenirs, postales, chucherías, letreros con piezas desmontables, vasos monstruosos de Coca Cola (sin refill, eso sí), y un menú donde se encuentra desde la omnipresente cheeseburger hasta una gran variedad de helados de palito. Sin embargo, los dos tipos que atienden están en su propio mundo y rara vez salen de él para atender a los pocos clientes que se acercan. Cuando me ven, solo atinan a decir: “Gracias por su compra. ¿Hace calor afuera?”.

Casi sin notarlo, ya son las 5 de la tarde. El parque solo puede ser visitado por 4 horas, así que todos los que estaban disfrutando de la playa, levantan sus cosas y se disponen en masa a cruzar el puente hacia el embarcadero. Parece que la playa hubiese apretado el botón Delete, y todos los humanos desaparecieran para dejarla en su estado inicial. Como una hoja en blanco.

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Ya de vuelta en el ferry, el capitán Norm y su asistente Don, ambos jubilados, adoptan el mismo semblante y posición que en el trayecto de ida. Norm habla como si tuviese una grabadora en la garganta, que reproduce un mensaje en loop para cada trayecto que hace: “Esperamos que hayan disfrutado las bondades de Caladesi, que tengan un muy buen retorno a casa y por favor manejen con cuidado. En la popa del bote hay un recipiente para propinas, por si amablemente nos quieren cooperar con algo. Nuevamente, esperamos que hayan disfrutado las bondades de…”.

Norm se adaptó a Caladesi.

Cuando llegamos a tierra firme, a la Florida real, el cambio parece demasiado brutal. Los carteles de Disney por acá, los de Universal por allá, los de Busch Gardens a un costado, Cadillacs, Lincolns y Corvettes repletando las calles. Detrás, Caladesi apaga sus luces.

Publicado el 25 de diciembre de 2016 en Revista Domingo, El Mercurio, Chile.

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