El misterioso caso del vuelo 1361 de Aerolíneas Argentinas

Era el 21 de agosto del año 2014 y tenia programado mi vuelo con dirección a Buenos Aires desde Bogotá. Antes de salir de casa realicé el check-in online y acompañé a mis dos hijos al colegio. Lo hice con un poco de nostalgia por tener que ausentarme de casa durante los siguientes días. Recuerdo que para animarme un poco y relajarme, al subir al coche puse a Gustavo Cerati a todo volumen. Después de conducir dos horas, llegué al aeropuerto sobre las nueve de la mañana e hice los tramites de rigor para pasar a la sala de espera. Hasta el momento todo marchaba bien.

En el avión

Me tocó un asiento con ventanilla y a mi lado se sentó una chica de México. Empecé a charlar con ella, porque debo confesar que el momento de despegar se ha convertido en una pesadilla desde que viajo constantemente. Para evitar mis nervios, le pregunté sobre su ciudad de origen, y así empecé a olvidar que estaría volando durante seis horas seguidas.

Mientras conversábamos, a los veinte minutos de subir al avión, ella me contó que había visto subir unos técnicos al avión. Poco después, el piloto nos indicó que debíamos ir al hangar ya que debían revisar los flaps, una pieza de las alas del avión que le ayudan a frenar, darle dirección y aterrizar.

Cinco horas y media después, seguíamos estacionados en el hangar. No nos daban más información, los técnicos del avión seguían dentro, había niños jugando por los pasillos, gente peleando con la tripulación. No podía creer el caos que había dentro del aparato: no podíamos salir, estábamos todos encerrados.

Finalmente, los técnicos pasaron de vuelta por los pasillos y el piloto anunció que debíamos abrochar nuestros cinturones, ya que estábamos listos para despegar. De un minuto a otro hubo un silencio colectivo, y pensé: “Espero que todo esté bien”.

Falsa alarma

Pero los problemas no habían terminado. Los flaps nuevamente mostraron alerta y el piloto decidió regresar al aeropuerto. El silencio colectivo de antes se transformó en todo lo contrario: gritos y desconcierto al ver que el avión no despegaba. Yo, en cambio, me estaba dando cuenta de lo afortunados que fuimos al no hacer ese vuelo. Pensé que quería volver abrazar a mis hijos.

Llegamos de vuelta al aeropuerto y nos condujeron de nuevo a los mostradores. Algunos pasajeros lograron ubicarse en vuelos con conexión, pero ya con ocho horas de retraso. Yo debí tomar el hotel que nos ofreció la aerolínea para esperar a viajar el día siguiente. La compañía nos anunció que nos recogerían a las ocho de la mañana.

Al siguiente día, llegaron las ocho nadie apareció. Éramos varios vagando por los pasillos del hotel, mientras el estrés se apoderaba de nosotros; incluso del conductor del autobús parecía no entender nada mientras esperaba instrucciones. Pasaron dos horas más y finalmente empezaron avisar por las habitaciones que pronto saldríamos de camino al aeropuerto.

De nuevo en el aeropuerto

Eran la una del mediodía del día 22 de agosto, y los de la aerolínia aún no nos habían dado una solución concreta. Ya desesperada por los atrasos, llegué al mostrador de la compañía y allí me dijeron que solo había un cupo en un vuelo con conexión a Guarulhos, en Sao Paulo, Brasil. Me prometieron un hotel, comidas y el vuelo.

Eran las siete y media de la tarde, ya habían pasado treinta y cuatro horas desde mi llegada al aeropuerto por primera vez y yo estaba agotada. Solo quería llegar a mi destino. Subí en el nuevo avión y vi a una pareja que estaba  pasando por la misma odisea que yo: me dio un poco de tranquilidad verlos y me relajé.

Después de seis horas y media llegamos a Brasil, donde tuvimos que esperar seis horas más en el aeropuerto hasta salir a Buenos Aires. Nos acercamos al mostrador y, contrariamente de lo que nos habían dicho, no teníamos ni hotel ni cena, sólo nos dieron unos pases para reclamar algo de comida en una cafetería del aeropuerto.

Los ángeles existen y se convierten en amigos

Yo seguía con la pareja que me había encontrado, Guille y Atzu, intentando que la espera se nos hiciera más amena a los tres. Nuestros rostros cansados nos permitieron conocernos naturalmente: hablamos de la vida, de lo afortunados que fuimos al no volar en ese avión y de ese misterio que tienen las casualidades.

Las seis horas se pasaron muy rápido y subimos al avión. Lo que no supimos en el minuto fue que los ángeles se convierten en amigos, y que esta odisea nos regaló una amistad que comenzó con una travesía.

Completamos cuarenta y ocho horas de aventura en un vuelo que debió haber durado ocho veces menos. Desde la ventanilla del avión, mientras observaba las nubes, pude imaginar las callecitas de Buenos Aires, que huelen a dulce de leche y mate, y ver las sonrisas de mis amigos.

“Fueron dos días que se me hicieron eternos”

Desde el momento que vi que las cosas no marchaban bien, supe que tuve una segunda oportunidad, y por eso quiero finalizar esta historia con esta reflexión:

“El momento de amar es ahora, el tiempo de vivir es ya”.

Buen viento y buena mar, viajeros.

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