De libros, ciencia y viajes: comentarios sobre “El antropólogo inocente”, de Nigel Barley

Nigel Barley —autor de “El antropólogo inocente”— decidió aventurarse en la historia que le daría sustento a dicho libro para reivindicar, de cierta manera, la importancia del trabajo de campo en la siempre árida disciplina de la antropología. A su parecer, los colegas que se embarcaban en este tipo de proyectos contaban un cuento distinto al real: ensalzando sus aventuras, valentía y buenas relaciones sociales con el grupo de estudio, a la vez que en sus bitácoras encontraban el espacio perfecto para expulsar violentamente todo lo negativo de su experiencia.

Barley se preguntaba por qué, en estos relatos, sus colegas omitían los detalles negativos y embarazosos de su trabajo de campo; para él, justamente esos eran los datos más importantes y los que mejor reflejaban las vivencias del investigador enfrentado a un nuevo entorno. Y con esa misma idea grabada en su cabeza, decidió pasar dos años completos viviendo con la tribu de los dowayos en Camerún, entre 1977 y 1978.

Nigel Barley, en su regreso a la aldea dowayo que lo acogió a fines de los 70′.

El antropólogo se instaló en una aldea en medio del África subsahariana con la intención de construir una etnografía detallada de los dowayos. Al ser un pueblo con una cosmología presente en todos los ámbitos de su vida cotidiana, en un principio Barley orientó la investigación hacia los rituales, celebraciones y costumbres de la tribu. Cuenta, por ejemplo, cuando participó en su primer “festival de las calaveras” y se enfrentó a una incómoda situación que involucró excrementos, sangre, animales muertos y, por cierto, muchas náuseas. Si bien para un “occidental” esto podría parecer grotesco y poco usual, para los dowayos es uno de los rituales más importantes de su cultura: el que aleja a los espíritus muertos de la aldea para que no afecten la fertilidad de las mujeres, entre otras funciones. El investigador se vio enfrentado a tener que dar al ritual el mismo nivel de relevancia que los dowayos, ya que esa era la única manera de poder entender de manera precisa el fenómeno y sus implicancias para los aldeanos.

Justamente esa es una de las grandes lecciones que nos da Barley a la hora de viajar: saber adaptarse a las nuevas costumbres, actividades y desafíos que el destino nos plantea. Ya sea por un tema de respeto a las creencias o códigos sociales de los habitantes del lugar, el dejarnos determinar por el contexto que nos rodea nos permite conectar de una manera más cercana con los locales, esos que tienen las historias y anécdotas por las cuales decidimos embarcarnos. A su vez, es importante entender también que el viaje no sólo afecta al viajero, sino que también a quienes lo reciben. En una época en donde la globalización —como la conocemos hoy— estaba en pañales, los dowayos tuvieron acercamientos concretos a la tecnología de la época gracias a Barley, quien llevó su cámara fotográfica y un magnetofón para grabar conversaciones al paso. También agradecieron el prolífico botiquín médico del antropólogo, que llevaba remedios para la malaria y varias otras infecciones, entre otros. De esta manera se generó un intercambio de experiencias y conocimiento para ambas partes, y así se fueron ajustando las relaciones sociales entre Barley y su grupo de estudio: a medida que hubo más confianza, hubo más acceso a información.

Ritual dowayo. (Créditos: Medium)

Otra idea que se desprende del relato del antropólogo es el hecho de acostumbrarse a vivir de una manera radicalmente distinta a la que vivía en Inglaterra. Barley se instaló en una choza de barro muy sencilla, donde no tenía agua potable ni un lugar para almacenar comidas sin que las cabras, ratones o insectos hicieran de las suyas; para poder revisar sus apuntes e investigación con tranquilidad, tenía que moverse a otro pueblo cercano. Esto lo obligó a replantearse constantemente sus necesidades básicas, y hacer del viaje un proceso de limpieza y claridad sobre lo que realmente le era indispensable en su vida. A su vez, el investigador adoptó ciertas conductas propias de los africanos de la zona —como por ejemplo, hacer escándalo cuando algo no le parecía justo, lo que narra con detalles en el libro—, lo que da más brillo a la idea de que viajar es volver a determinarse, y que el aprendizaje es transversal a la buena o mala suerte.

En esa misma línea, un punto clave del viaje es la vuelta a casa. Es el momento en donde el viaje decanta, y se establece como un punto de partida para una nueva aventura. En sus palabras, Barley contaba que volviendo a Inglaterra “una extraña sensación se apodera de uno, no porque las cosas hayan cambiado sino porque uno ya no las ve «naturales» o «normales». «Ser inglés» le parece a uno igual de ficticio que «ser dowayo»”. Y es esta ficción la que entra en juego con lo que uno considera como real: los temas de conversación cambian, al igual que los intereses y los planes de vida. En resumen, se trata de estar enfrentado constantemente a cosas nuevas y extrañarse ante lo ya conocido. A medida que uno entiende las distintas concepciones de lo que nos rodea y de los objetos con los que interactuamos día a día, se abre un mundo de posibilidades para explorar y sorprenderse.

Aldea dowayo (Créditos: Afrikipedia)

Mediante su obra, Barley logró sacar a flote la importancia vital de abrirse por completo al viaje y lo que conlleva. Y a su vez es capaz, con una pluma fluida y cercana, de cautivar al lector y enseñarle con propiedad lo que sucede al otro lado del mundo.

No Comments

Leave a Comment