A caballo por la «Ruta del Cóndor» en Farellones, Chile

Texto publicado el domingo 8 de enero de 2017 en la sección “El Explorador Aficionado” de la revista Domingo, de El Mercurio de Chile. La ruta muestra un rincón aislado de la cordillera de los Andes, a unos 45 kilómetros de Santiago.

Todo comienza en el sector de La Ermita, justo antes del control de Carabineros, específicamente en el Fundo Santa Matilde. En una explanada a orillas del río Molina nos esperan Manuel Gana y su hijo Víctor, ambos arrieros de la zona, con veinte caballos para quienes nos adentraremos en la cordillera. Luego de una serie de instrucciones básicas de seguridad, partimos la cabalgata a eso del mediodía.

La primera parte del trayecto contempla tres cruces por distintas partes del río Molina, uno de los afluentes directos del Mapocho. Estos cruces no resultan complicados, ya que los caballos están acostumbrados al terreno. El sol de estos días está pegando especialmente fuerte, pero aún se puede ver vegetación verde en las laderas del valle por donde vamos cabalgando: el camino prosigue entremedio de ejemplares de boldos, litres y espinos, tan característico del bosque esclerófilo de la zona central de Chile.

Subiendo a las cumbres

Luego de aproximadamente una hora de recorrido, comienza el ascenso propiamente tal. Nos enfrentamos a una cuesta de varias curvas, que avanza sinuosamente por la ladera de uno de los cerros. Al otro lado del valle, sobre unos portezuelos, se puede ver el poblado de Farellones desde un costado y, poco más arriba, los edificios y pistas del centro de esquí El Colorado.

Casi tres horas después de haber salido de La Ermita, se acerca el final del primer día de cabalgata. Salimos de la cuesta para pasar a una zona un poco más plana y verde, donde vemos algunos corrales de animales y a uno que otro arriero de la zona descansando bajo la sombra de un olivillo.

A una altitud de 2.500 metros encontramos nuestro lugar de alojamiento para la noche. Marco Parraguez y Víctor Troncoso, quienes guían esta expedición junto a los Gana, ya tienen armado el campamento, en un claro con una vista realmente privilegiada del valle de Farellones, con el aún nevado cerro Plomo de fondo. Al anochecer se prenden la parrilla y la fogata, y se da paso a una entretenida conversación con los arrieros. Hay que reponer las energías para el tramo del día siguiente.

Un lugar prácticamente inexplorado

A las 11 de la mañana del día siguiente, después del desayuno, nos subimos a los caballos para recorrer la parte más espectacular de la excursión: un pedazo de la llamada “Ruta del Cóndor”, que atraviesa por las montañas hasta el sector de El Alfalfal, en el Cajón del Maipo. La primera etapa de esta cabalgata sube por un sendero algo escarpado, con rocas y piedras sueltas. Poco después, vemos justificado el nombre de la ruta: tres cóndores nos acompañan durante un buen rato, planeando por las corrientes térmicas de aire con una majestuosidad impresionante.

Vale mencionar que el paisaje va cambiando a medida que aumenta la altitud: las especies del bosque esclerófilo desaparecen para dar paso a la estepa altoandina. En vez de olivillos, boldos y espinos, ahora se ven pastizales con flores pequeñas de diversos colores, y vegas de profundo verdor que aparecen junto a pequeños esteros.  Aquí, cabalgar es bastante más agradable gracias a la constante brisa de montaña, que de cierta manera apacigua un poco el calor de esta época del año. Nuevamente nos vamos topando con pequeños vestigios de humanidad, como en el “Ruco de Lata”, un sector donde hay un pozo de agua y una sencilla choza hecha de latón, contiguo a unos corrales. Un poco más al fondo, se vislumbran algunas vacas pastando en las laderas de uno de los varios cerros que nos rodean.

Luego de un par de horas de excursión, vemos a lo lejos unas formaciones rocosas de varios colores, muy llamativas. Víctor Troncoso, del equipo organizador, denomina a este lugar como el Valle Secreto: las paredes rocosas de este cañón están compuestas de ceniza volcánica y derivados del cobre y azufre, lo que les entrega una mezcla degradada de blanco, verde y rojo. Un paisaje marciano que parece sacado de alguna película de la Guerra de las Galaxias. Bajamos con los caballos al lecho del estero que está en medio, ya casi seco por las altas temperaturas, y vamos avanzando por este paisaje casi onírico, con una que otra pausa para las fotos de rigor.

Al salir del Valle Secreto retomamos el sendero principal para comenzar la vuelta hacia La Ermita. De vez en cuando, encontramos a algunos ciclistas pedaleando concentrados, e incluso a personas en cuadrimotos desafiando los roqueríos. La vuelta en caballo es larga -cuatro horas, aproximadamente- pero relajada, y regresamos con la satisfacción de haber conocido una de las más bellas panorámicas cordilleranas, a pocos kilómetros de Santiago.

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